Muestra de lectura
Arturo Luceño · Una novela negra
Los dieciocho grados de frío artificial en el último piso del CCCT cortaban con filo contra la brutalidad húmeda que pesaba afuera sobre Caracas. La pirámide invertida de concreto del centro comercial se alzaba sobre el valle como un exilio aislado del dinero viejo, lejos de los cables de luz colgantes y de las escaleras empinadas de los barrios cercanos. A través del ventanal de piso a techo, Salma observaba el temblor plomizo del calor de mediodía que derretía el asfalto de la Autopista Francisco Fajardo. Abajo, la marea de latón avanzaba a tirones por el cuello de botella de la ciudad, acompañada de nubes negras de escape que colgaban entre las torres como una neblina venenosa.
Salma sostenía un vaso sin tocarlo. El frescor del cristal en las yemas de los dedos era el ancla necesaria contra el caos del otro lado del vidrio, en cuyo borde inferior se formaba un vaho fino. Ahí capitulaba el orden artificial ante la humedad venezolana. El calor de allá abajo no le concernía. Esa era su forma del poder.
Cardo salió de la penumbra del pasillo hasta la mesa maciza de caoba. El silencio del salón solo lo sostenía el zumbido bajo y mecánico de la ventilación, que se tragaba por completo el ruido lejano de las cornetas y los bajos del reguetón. Dejó un aparato sobre la mesa: en la pantalla, los sellos digitales de la Guardia Nacional para el corredor hacia Tovar pulsaban en verde. Las mandíbulas le trabajaban con ritmo mientras esperaba la reacción de Salma. En su cabeza no existía más que una imagen, un punto oscuro en el sistema que tres años de trabajo no habían achicado; pero en el núcleo administrativo, cada palabra al respecto seguía siendo un riesgo impagable.
Afuera, sobre el Ávila, se juntaban las primeras nubes pesadas de la tormenta de todos los días y echaban franjas largas y oscuras sobre las paredes de bloque de las laderas, mientras Salma ponía el dedo sobre los protocolos de carga.
La neblina se comía la luz de la luna antes de que llegara al suelo del bosque. Cardo caminaba sin linterna. Sus botas encontraban la pendiente, el lomo de raíz, las piedras sueltas que no podía ver: el cerro lo tenía escrito en las piernas, desde hacía años, desde la instrucción. La humedad se le posaba en la piel como una segunda, más fría.
En la malla no se detuvo. El sello de la Guardia Nacional colgaba empapado del poste, las letras corridas unas sobre otras. Levantó el alambre en la estaca floja y pasó por debajo. Ningún reflector barrió la ladera. Ningún perro ladró. Donde a esa hora solía crepitar un radio, solo estaba el goteo del bosque.
El árbol estaba entre los gigantes como un niño entre hombres. Delgado, liso, la corteza oscura y brillante de humedad. Cardo sacó el bisturí de la funda del cinturón. Apoyó la hoja por encima de la primera bifurcación y la pasó de un solo trazo por la corteza, hasta que el acero dio con la resistencia más blanda de abajo.
Del corte brotó algo blanco. Lento, espeso, devolviéndose sobre su propia herida, como si el árbol quisiera cerrarla antes de que le entrara el aire. Cardo puso el vial debajo de la gota y la recogió.
Al cerrarlo, el nitrógeno silbó. Un vaho blanco salió del recipiente, le trepó por el dorso de la mano, se fue. Apartó la mano del cuerpo, los dedos abiertos, y contó los segundos hasta que el ardor bajó del umbral en el que una mano todavía obedece. Después metió el vial en el bolsillo aislado del pecho.
Volvió por el mismo camino. Detrás de él, el corte quedaba apenas visible en la madera.
Salma le había dado la espalda al ventanal cuando zumbó la puerta corrediza. Debajo, el tráfico estaba parado en la autopista, una cadena que daba tirones y se detenía y todavía no tenía color.
Cardo entró apenas dos pasos. El barro del cerro se le pegaba a las botas; en la alfombra clara quedaba una huella oscura con cada uno. Puso el vial sobre la caoba. El condensado de la pared exterior empezó a llorar y dejó un anillo fino sobre la madera pulida.
—El hombre de Tovar empieza hoy —dijo—. Al sexto día el tejido está estable.
Tenía la voz tomada por la noche.
Salma no miró el vial. Tomó la tableta de la mesa, pasó un dedo por la pantalla y abrió los registros de la vigilancia del cerro. Los datos de la ladera norte —cada cámara, cada sensor que hubiera registrado el camino de Cardo hasta el árbol— los metió en una selección y deslizó el dedo hacia la izquierda. Las líneas se vaciaron. Quedó gris, parejo, como nieve en un canal muerto.
Se llevó el vaso a los labios. Por encima del borde lo miró: el vaho en la ropa, el agotamiento, la huella mojada en su alfombra, y su mirada pesó lo uno contra lo otro y lo halló soportable.
—Encárgate de que no duerma —dijo.
Cardo no esperó permiso para irse. Se fue.
El resto está en el libro.
«El eco de Caracas» se publica próximamente.
Quiero enterarmeContiene violencia explícita y una escena de abuso sexual de poder. A partir de 16 años.